P de (Pequeños) Placeres

Este fin de semana pasado tuve la oportunidad de hacer algo que no había hecho nunca y que tampoco me hacía especial ilusión: coger un avión de noche. No era la primera vez que tomaba un vuelo, ni mucho menos, y la nocturnidad del asunto me parecía más bien un inconveniente antes que un motivo de alegría.

 

De modo que, tras un duro día de hacer turismo, me senté en mi asiento del avión (la fortuna había querido que ese trayecto lo hiciese junto a la ventanilla) y saqué el libro de rigor (esta vez sobre hombres lobo con traumita, súcubos que no saben que lo son y valquirias traidoras pero imprescindibles). Dispuesta a afrontar el vuelo de tres horas hacia el norte de Inglaterra, se me ocurrió mirar por la ventana mientras despegábamos.

 

(Sigue leyendo)

Es una gozada volar de noche. Tornaban las once de la noche en el aeropuerto de Alicante; no se me había ocurrido pensar que iba a despegar junto al mar. La oscuridad parecía ennegrecerlo todo, las luces del avión se habían apagado para la ascensión. El aburrimiento (no había luz ni permiso para sacar el librito) hacia que no despegara la vista de la ventana.

 

Si el vuelo hubiera sido matinal la vista hubiera sido rutinaria: una vista de pájaro de las abarrotadas playas del Levante español. Sin embargo, la noche daba un espectáculo sorprendente para una chica cansada y predispuesta a las sorpresas como yo. Las luces de las ciudades costeras perfilaban las líneas del mar, como ahuyentando las sombras que emergían de las profundidades acuáticas. Esto fue mucho antes de la superluna: bajo las nubes, no existía ese foco de luz dispuesto a consolar a los enamorados.

 

Pero, ¿y cuándo se termina la ascensión y nos situamos sobre las nubes? Ahí está el lucero nocturno, que nos acompaña durante las tres horas que dura el viaje al norte de Inglaterra.

 

De repente, las luces del avión se encienden, obligando a los maravillados por el paisaje nocturno a pegar la nariz al cristal o fingir madurez y volver a los quehaceres normales del tiempo en los aviones (soportar con fingida simpatía al del asiento de la lado, ignorar los pitidos de los pasajeros que llaman a las azafatas, atender a ponerse y quitarse el cinturón según las turbulencias e intentar no notar los llantos de los bebés y los gritos de los niños pequeños con los que compartes vehículo).

 

Sin embargo, soy una amante de Inglaterra. De modo que cuando pasa un tiempo prudencial, cuando ya la mayoría de la gente duerme, me atrevo de nuevo a pegar la nariz en el cristal de la ventanilla (justo detrás del ala) y no puedo menos que sonreír ante el paisaje que tengo mis ojos. De acuerdo, no es más que oscuridad pintada con las luces de ciudades que imagino Londres, Birmigham o Manchester, pero es Inglaterra lo que veo, y la negrura se me antoja de un verde muy oscuro y la luz no es si no es símbolo de las calles que espero un día recorrer.

 

Este, queridos lectores, es mi pequeño placer recién descubierto. El de volar de noche, disfrutar el paisaje, imaginar los detalles y sonreír muy quedamente, para ti nada más, porque esa pequeña ventana se ha tornado en una diminuta fuente de felicidad.

 

Hasta la semana que viene.

 

 

Maravillas Palomino / @MaraPirate

Escribir comentario

Comentarios: 0

Visualiza el número aquí

¡Descarga aquí nuestro noveno número!
¡Descarga aquí nuestro noveno número!