El mundo sutil de "La Bella y la Bestia"

Cartel del filme / nochedecine.com
Cartel del filme / nochedecine.com

Libro abierto, dos mentes infantiles y una madre deseosa de contar un cuento es el marco de la nueva adaptación del cuento clásico La Bella y la Bestia.

 

Con una fotografía precisa, y que llega a ser cuadros figurativos realizados con un pincel detallista, la película La Bella y la Bestia narra la historia de un mercader que, arruinado por el naufragio de una embarcación, se ve obligado a trasladarse, junto con sus seis hijos, a una modesta casa de campo. Mientras que todos ellos ven su mudanza como algo negativo, será solo Bella (Léa Seydoux) la que sonría cada mañana ante la perspectiva de cuidar su pequeño huerto o de mantener la casa. Sin duda, ella es la flor silvestre entre la mustia paja que es su familia.

 

El mercader, preocupado por la situación de su familia, emprende un viaje en el que intentará conseguir aquellos objetos que le han pedido sus hijas. Telas y alhajas serán algunas de ellas, pero será una rosa, la única cosa que pide su hija menor Bella, la que le traiga la desgracia. “Una vida por una rosa”, le exclama Bestia (Vincent Cassel) cuando descubre que ha cortado una del jardín de su castillo; y será justo en ese momento cuando empiece la trama de este cuento tradicional.

 

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Chirstophe Gans, director del filme, se ha atrevido a recoger el testigo de Disney (1991) y adaptar la historia de este clásico acercándolo más al cuento original, de 1970, escrito por Gabrielle-Suzanne de Villeneuve. Y este es precisamente el problema principal que encuentran los espectadores de la película.

 

Tazas que hablan, candelabros enamorados de plumeros, perros convertidos en reposapiés… son personajes inventados por Disney que no vamos a encontrar en la adaptación de Christophe Gans; pero es que si estuvieran, sobrarían.

 

A través de una escenografía espléndida, detallista y cuidada, el director consigue trasladarnos a un mundo en el que imaginación y realidad se estrechan la mano. Realiza un juego de espejos en el que va intercalando escenas del presente de lo narrado (historia de Bella) con escenas del pasado de Bestia (y con las que va soñando ella). De lo que se trata es de descubrir los porqués del presente de un hombre maldito que no cree ya en el género humano. Convertido en una bestia en su exterior, Bella le va abriendo los ojos a su verdadero interior a la vez que ella misma tiene que ir descubriendo que las apariencias son solo escudos que no tienen importancia. Ambos tendrán que eliminar sus propios miedos para darse cuenta de que se aman.

 

El vestuario, a veces grotesco, resulta una perfecta metáfora o imagen de la narración. Vestidos despampanantes que indican lujosidad exterior que no se tiene en el interior. Él, vestido de caballero aun siendo un monstruo, ella, con vestidos ambiciosos con los que no se siente cómoda. Exterior e interior contrapuestos pero combinados perfectamente en el último vestido que él le regala: rojo como la rosa que su padre le coge o como la rosa de aquello que es parte de la historia pasada de él.

 

Si el espectador espera encontrarse con la película Disney adaptada con actores reales, esta, sin duda, no es su película. Sin embargo, si el espectador es capaz de dejarse en la papelera que precede a la sala de cine sus estereotipos de este cuento, está sí es su película.

 

Para la obra que ha realizado Christophe Gans hay que dejar a un lado lo que uno espera ver, para ver lo que realmente es.

 

 

 

Sonia Pérez Sánchez // @SoniaRIPEC

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Comentarios: 1
  • #1

    Randallmartina0@gmail.com (lunes, 28 agosto 2017 08:37)

    Buenas noches

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