Tras los pasos del Rõnin que llegó a España

Rõnin, Francisco Narla

Cuando nos adentramos en la nueva novela de Francisco Narla, Rõnin, nos llega un aroma a cerezos en flor. El cerezo es uno de los árboles característicos de la profunda simbología japonesa, los famosos sakura que representaban la corta vida de los samurai, puesto que su color era el de las gotas de sangre. Como una sensación de encontrarnos en un valle japonés.

 

Esta novela histórica trata la historia de dos personajes. Un español, Dámaso Hernández de Castro, que parte hacia Manila para poder ascender en la escala social del siglo XVI y así poder pedir la mano en matrimonio de la menina de la Reina, Constanza Accioli. Pero (y esto es lo que diferencia a este libro de otras novelas acerca de la época) un japonés, Saigõ Hayabusa, que debe cumplir las últimas voluntades de su señor (o daimyo, como se llamaba en el archipiélago nipón) y descubrir quién está detrás del ataque a la fortaleza de Fushimi, una fortaleza que se defendió hasta la muerte de todos sus soldados excepto Saigõ (esta defensa es una de las más reconocidas y apreciadas de toda la historia militar japonesa y su líder, Torii Mototada, es considerado un héroe).

 

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Los caminos de los dos protagonistas se cruzarán y se darán cuenta que, aun viniendo de culturas y países distintos, hay algo que les une: el honor. Y de esto quería hablaros. La novela es una muy entretenida obra que se basa más en el honor y la tradición japoneses que en las novelas basadas en este siglo al estilo de la saga de Arturo Pérez Reverte, Alatriste. Se ambienta de forma magistral en el llamado Periodo Sengoku (o Sengoku Jidai), un periodo de fuertes guerras civiles que culminó cuando Tokugawa Ieyasu vence en la batalla de Sekigahara (1600).

 

Nuestra historia ocurre al final de ese periodo, cuando los rõnin u “hombres de las olas” (samuráis que habían perdido su señor feudal y no habían muerto, bien por cobardía al huir del campo de batalla o por no cometer seppuku o hara-kiri -dos palabras que expresan el mismo concepto-, bien por tener que cumplir las últimas voluntades de su señor) eran muy habituales, y cuando Japón era un caos porque el Emperador se había “alejado del mundo” y encerrado en su palacio. El poder reinante era el shogun Tokugawa que impondría su poder al resto de clanes y sería el inicio de un periodo de paz que duraría 200 años.

 

Muchos de los personajes históricos como Tokugawa o su general Data Masamune salen en la novela. De hecho, se nos presentan personajes de una forma más humanizada, no como los héroes que son actualmente, si no como los estrategas militares y políticos que fueron entonces. También personajes históricos que no son japoneses aparecen en la novela como el rey Felipe III. Es interesante el acercamiento que hace el autor tanto al Japón medieval como a la España donde nunca se ponía el sol. Lugares como Manila, Ciudad de los Reyes o Sevilla también son representados fielmente en la novela. Veremos los dos mundos, puesto que la obra está ambientada en torno a la llamada Embajada Keicho, un intento de comercio entre Japón y España que ocurrió en el siglo XVII. De hecho, el año pasado (el año dual España-Japón) se celebró con numerosos actos el 400 aniversario de esta embajada.

 

 

Otro acierto ha sido el “españolizar” los vocablos japoneses. Para que sea más comprensible al lector se detallan palabras como shogun, rõnin o nanbanjin (extranjeros). Esto hace que los momentos donde la acción trascurre bajo los ojos de un occidental sea todo más comprensible y, a la vez, entendamos más su forma de ver el mundo.

 

La historia trascurre a lo largo de varios años, lo que hace muy difícil que sepamos todos y cada uno de los detalles de los personajes. Para ello, el autor salta entre personaje y entre espacios de tiempo, algo que al principio descoloca y confunde, pero que pasado un tiempo te adaptas a ello. Pero son muy bruscos al principio, y sin ninguna referencia de cual es el personaje protagonista en ese momento, lo que llega a hacerse difícil.

 

 

Es una novela donde el honor y el deber son el centro de su argumento, donde se demuestra que un samurai  no puede haber nacido solo en Japón ni haber estudiado en un dojo. Un samurai no tiene color de piel ni nacionalidad, tiene un deber. Eso es lo que mueve a los personajes de Rõnin.

 

 

FICHA TÉCNICA

  

Titulo Ronin
Autor Francisco Narla
Editorial Planeta (Temas de hoy
Temática Novela histórica
Páginas 864
Precio 22'50€

 

 
 

Carlos J. Rosique / @XarlyRosique

El Sengoku Jidai

 

El archipiélago japonés siempre ha sido convulso. Las guerras y los periodos de paz se sucedían sin tregua desde hace miles de años. Los señores feudales se enfrentaban unos a otros por tierras, riqueza, venganza u honor. Pero uno de los periodos más conocidos de la historia japonesa es el llamado Periodo Sengoku o “era del país en guerra”, un periodo donde tres familias acabaron con el poder reinante de los shogun Ashikaga. Un poder que había estado al frente del país del sol naciente durante 400 años.

El clan Tokugawa fue el vencedor de una serie de enfrentamientos entre los distintos clanes. Lo hizo con la ayuda de los extranjeros (portugueses, españoles, ingleses y holandeses) que proporcionaron mosquetes, un arma que no requería un gran entrenamiento y  que sirvió para desbancar de los campos de batalla la lanza, la gran arma de esta época.

Fue un periodo apasionante que tuvo su culmen en la batalla de Sekigahara donde Tokugawa Ieyasu venció al magistrado Ishida Mitsunari y unificó todo Japón. No por ello se le considera a Tokugawa el “último gran unificador de Japón” por detrás de Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyosi.

Un periodo que cambió el curso de la historia del archipiélago nipón.

¿Por qué un año dual España-Japón?

Se celebró el año pasado el año dual España-Japón. Hace 400 años una expedición de comerciantes y mandatarios japoneses llegó a España para poder establecer tratados de comercio. Gobernaba en España Felipe III el Piadoso, uno de los monarcas más poderosos que tuvo la casa de los Austria; y Japón estaba en un periodo de paz provocado por el ascenso al shogunato de Tokugawa Ieyasu, un ascenso conseguido a base de la sangre de sus enemigos, que no fueron pocos.

Esta expedición se llamó Embajada Keicho y, aunque había sido idea de un monje franciscano cercano al Shogun (el famoso Fray Sotelo), el shogun delegó la responsabilidad en uno de sus más cercanos generales, Date Matsamune, que a su vez puso al frente de la misma a un samurái de sus provincias llamado Hasekura Tsunenaga. Partieron de Japón, llegaron a Nueva España (actualmente México), donde Hasekura tuvo que dejar parte de sus hombres. Desde ahí, fueron a Sevilla.

La expedición habló con el rey de España, aunque antes debieron bautizarse todos aquellos mandatarios y comerciantes que querían establecer tratos con la corona. Así muchos japoneses decidieron quedarse en España, concretamente en la zona sevillana de Coria del Río, donde sus descendientes son conocidos actualmente por el apellido Japón. Tras el bautizo y el parlamento con el rey del Imperio donde no se ponía el sol, Hasekura y sus hombres marcharon en barco a Italia, teniendo que atracar por el mar tiempo en Francia (fue el primer contacto de los francos con el país nipón). Al llegar a Italia, Hasekura se reunió con el Papa Pablo V, que accedió a mandar misioneros a la isla.

Pero al volver a España todo había cambiado. El shogun Tokugawa, hijo del anterior, había cerrado las fronteras de Japón para todos los extranjeros. La Embajada ya no tenía sentido. Los japoneses, excepto los que se quedaron, marcharon a su tierra tras un viaje infructuoso que había durado cuatro años. 

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