Poesía de motel

La oscuridad del espacio LeÚCADE hace que dé la impresión de estar cerrado. Uno no sabe si acercarse, o no, hasta que repara en la gente que poco a poco entra, también un poco insegura. No hay ni una luz encendida. Al fondo de la sala, donde recordamos una mesa de nuestra última visita, el decorado de una pequeña habitación. El público está expectante, ¿son ya las nueve? Pensábamos que esto iba de poesía… 

 

Con un aire casi de obra de teatro (con sus avisos de tiempo y sus “por favor, apaguen los teléfonos móviles”), Roger Wolfe aparece en escena. Se acomoda en su habitación de hotel, recién llegado a la ciudad de Murcia, y acuclillado sobre el catre que La Galla Ciencia ha preparado para él, comienza a leer poesía. El tic-tac de un reloj le acompañará durante todo el recital; hora y media de pura poesía sin apenas interacción con el público. Cuando Roger Wolfe habla, lo hace para sí; cuando recita, parece más un recuerdo que una muestra para el público. 

 

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Sentado ya en una mesa para proseguir con sus poemas, Wolfe nos habla del miedo, el silencio, la literatura, el tiempo, el amor y el Mediterráneo con sus poesías. Y también al mirlo, ese elemento tan recurrente en su obra.

 

La voz de Roger Wolfe da vida a sus propios poemas con una voz grave, de esas que hacen silencio sin pretenderlo y tocan fibras en el corazón cuya existencia se desconocía. Y en la oscuridad del espacio LeUCADE, a pesar de que a veces la monotonía del tono del poeta inquieta al público, el tiempo pasa a velocidad de vértigo y casi sin pretenderlo ni quererlo llegamos a los dos últimos poemas. Y Roger Wolfe se marcha, como vino, maleta en mano, sin saludar a su entregado público, sin mirarlo siquiera, sin esperar un aplauso, unas palabras de reconocimiento, dejando a la audiencia mirando a una habitación de hotel vacía sin sus versos.

 

Maravillas Palomino // @MaraPirate

 

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