Un invierno de improviso

Frozen

La magia siempre vuelve. Puede tardar más, puede tardar menos. Puede hacer amagos de venir y dejarnos con las ganas, pero siempre vuelve. Sabéis de que hablo: esa sensación de felicidad, de sonrisa perenne, de ilusión si cabe. Esa magia que nos devuelve a la infancia, a la tierna inocencia del todo es posible. Y Disney la ha hecho volver por la puerta grande con Frozen, el reino de hielo

 

Una fábula made in Disney, para todos los públicos, que nos recuerda a lo mejor de la compañía. Si con Enredados ya dieron un toque maestro en el mundo de la animación, con Frozen han conseguido mantenerse en la línea, aportando todos los elementos que nos encantan de Disney: personajes entrañables, malos malísimos, animalitos, amor verdadero y pruebas a superar. ¿Alguien da más?

 

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Frozen cuenta la historia del reino de Arendelle, cuya princesa, Elsa, tiene el don de la magia del hielo. Ante el miedo a que la joven Elsa no pueda controlar su poder, los reyes deciden cerrar el castillo, condenando a Elsa y a su hermana Anna a la soledad. Todo esto cambiará tras la muerte de los padres de las princesas y el momento de la coronación de Elsa, cuando las puertas del castillo se abrirán para dejar pasar a embajadores de todo el mundo. Sin embargo, el nerviosismo de Elsa le jugará una mala pasada, revelando a todo el mundo su poder y desatando el invierno sobre Arendelle. El miedo a hacer más daño y las acusaciones de brujería la obligarán a huir, forzando a la joven Anna a enfrentarse a la aventura de su vida para encontrar a su hermana y detener el invierno que amenaza a todos. 

 

¿Por qué nos gusta Frozen? Porque es una historia de las de antes. Una historia con una heroína (bastante independiente, hay que decirlo) que tiene claro lo que quiere, pero preocupada por su despreocupada hermana. Una historia con una historia (valga la redundancia) de amor imprevista, como las que nos gustan. Con dos personajes de esos que enamoran, como son el muñeco de nieve Olaf (cuyo sueño es vivir el verano) y Sven, ese reno con personalidad de perro que simplemente encanta. 

 

No es una historia obvia, más allá del final feliz que todos nos esperamos en una película dirigida al público infantil. Nos sorprende, nos enternece y tiene incluso mensaje especial para los adultos que vean la película (como toda película infantil que se precie). La banda sonora es también muy buena, al nivel Disney, aunque demasiado pop para lo que la compañía de Mickey Mouse nos tiene acostumbrados (mención aparte a las aberrantes versiones con las que nos ha obsequiado el marketing interpretadas por Violeta, Abraham Mateo o Demi Lovato). Otro punto a criticar de la película es ese (también típico) corto que la precede y que resulta un poco más violento de lo que una espera de un corto de Mickey Mouse.

 

Pero Frozen, el reino de hielo, encanta. Encanta con esa construcción del castillo de hielo que (quizás solo a mí me de esa impresión) recuerda un poquito a Watchmen. Encanta con sus trolls, con sus cuadros y con ese afable tendero. Encanta con Olaf (¿había mencionado ya a Olaf, verdad que sí) y encanta también con el cameo de Rapunzel y Eugene/Flynn Ryder de Enredados (dando fuerza a esa teoría de que Rapunzel y Elsa y Anna son primas). Y encanta también con esa magia que destila, que desborda e ilusiona. Una película, sin duda, directa al estante de clásicos.

 

Maravillas Palomino // @MaraPirate

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