K de Knightley

En entradas como esta acusaréis, mis apreciados lectores, la impepinable (impepinable va camino de convertirse en la palabra de la semana) y atroz verdad que tenéis ante vosotros: el Abecedario Cultural lo escribe una mujer. Y aunque ya hemos tenido entradas dedicadas al porno intelectual y otros temas tirando al femenino (como la de Ward, el Traumita o Werther), la de hoy se lleva la palma. Porque se la vamos a dedicar a uno de los personajes masculinos más enamorantes (palabra inventada) que han salido de la pluma de Jane Austen: el Sr. Knightley, el héroe de Emma

 

Este que tenemos aquí al lado, en concreto, es Johnny Lee Miller en la adaptación de la BBC (las adaptaciones de la BBC de las novelas de Austen suelen ser las mejores) haciendo una interpretación magistral de este personaje. Algún otro día os hablaré del héroe masculino austeniano por antonomasia, el sr. Darcy, pero hoy le toca a este hombre capaz de aguantar estoicamente el enamoramiento de su amada y desearle lo mejor.

 

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Os contaré un poco la historia para los no iniciados en el universo Austen: Emma es una chica que lo tiene todo, mimada por su padre y su nodriza, y convencida de que tiene un don para emparejar personas de su entorno. Entre sus amigos más queridos se cuenta el señor Knightley, 14 años mayor que Emma, y el único que discute con ella y le señala sus faltas. La llegada al pueblo de nuevos jóvenes y los juegos de Emma para emparejar a sus amigos y sus propios coqueteos propiciarán malentendidos, juegos de celos, inquinidades y amores no correspondidos que embrollarán el argumento hasta un final (feliz) donde todo el mundo ocupa su lugar.

 

Y aquí es cuando el señor Knightley se postula como el perfecto caballero. Es amigo de sus amigos, calmado, frío, con la firme intención de permanecer soltero. Le coge cierta manía al muchacho con el que coquetea Emma, pero son polos tan diametralmente opuestos que no parece extrañar en nada al lector, hasta que ese momento cúlmen en el que los celos se apoderan de Emma y del señor Knightley y tenemos una de las declaraciones de amor más bonitas de la literatura (esto lo diré de muchas declaraciones de amor, no me lo tengáis muy en cuenta, mi mente romanticosa divaga):

 

—Hace un momento le he interrumpido muy bruscamente, señor Knightley, y temo haberle

ofendido... Pero si desea hablar francamente conmigo como amiga, o pedirme la opinión sobre cualquier cosa que tenga usted en proyecto... como amiga estoy a su disposición. Escucharé todo lo que quiera decirme. Y le diré exactamente lo que piense.

 

—¡Como amiga! —repitió el señor Knightley—. Emma, lo que temo es una palabra... No, no,

prefiero que no... Sí... quédese... ¿por qué voy a vacilar? Ya he ido demasiado lejos para poder ocultarlo ahora... Emma, acepto su ofrecimiento... Por raro que pueda parecerle, lo acepto y me confío a usted como amiga... Dígame... ¿Puedo tener alguna esperanza?

 

Se interrumpió como para dar más énfasis a su pregunta, mientras con la mirada dominaba completamente a la joven.

 

—Mi querida Emma —siguió diciendo—, porque querida lo será usted siempre para mí, sea cual sea el resultado de esta hora de conversación, mi querida Emma, mi amada Emma... contésteme en seguida. Diga «no» si es eso lo que tiene que decir.

 

Emma era absolutamente incapaz de decir nada, y él exclamó muy excitado:

—¡Se calla usted! ¡No dice nada! Por ahora no pregunto más.

 

Emma estaba casi a punto de desvanecerse por la emoción de aquellos momentos. Entonces el sentimiento más acusado en ella era el temor a despertar del más feliz de los sueños.

 

—No soy hombre de muchas palabras, Emma —siguió diciendo en un tono tan sincero, tan

decidido, tan afectuoso, que no podía sino convencer—. Si la quisiera menos tal vez podría hablar más. Pero ya sabe cómo soy... De mí sólo ha oído la verdad... Yo le he hecho reproches y la he sermoneado, y usted lo ha soportado como ninguna otra mujer en toda Inglaterra lo hubiese hecho... Soporte ahora las verdades que tengo que decirle, mi querida Emma, como siempre las ha soportado... Mis modales tal vez no las abonan demasiado. Sé bien que no he sido un enamorado ejemplar... Pero usted ya me comprende... Sí, usted ve, usted comprende mis sentimientos... Y, si puede, corresponderá a ellos. Ahora sólo le ruego que me deje oír, aunque sólo sea una vez, que me deje oír su voz. 

 

Mientras el señor Knightley hablaba, la mente de ella estaba en plena actividad, y con toda la prodigiosa celeridad del pensamiento había podido, sin perder ni una palabra, captar y comprender cuál era la verdad exacta de todo aquello; ver que las esperanzas de Harriet habían sido totalmente infundadas, un error, un engaño, un engaño tan total como cualquiera de los suyos propios... que Harriet no era nada para él; que ella lo era todo; que lo que ella había estado diciendo relativo a Harriet había sido tomado como expresión de sus propios sentimientos; y que su agitación, sus dudas, su contrariedad, su desánimo, él los había tomado como un medio de desanimarle a él que Emma había adoptado... y no sólo tenía que ir haciéndose cargo de todas esas cosas que significaban tanta felicidad para el porvenir".

 

"Si la quiesiera menos tal vez podría hablar más". Ese es el señor Knightley.

 

Maravillas Palomino // @MaraPirate

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Ana (miércoles, 18 diciembre 2013 23:20)

    Un articulo en el que mas de la mitad de las palabras no son de la escritora no merece la pena llamarse articulo. La próxima vez poned el libro directamente y abajo un pequeño comentario de lo que os parece "chuli".

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