J de J

Lo sé. Me he vuelto a salir por la tangente y apelo a la misma letra que se supone debe dar comienzo a un titulo original y divertido, y que así se queda muy pobre. Pero, seamos sinceros con nosotros mismos, ¿alguien conoce la fascinante historia de letra J? Porque es una letra muy minusvalorada, demasiado, pese a que es de las pocas letras de las que realemente merece la pena hablar.

 

¿Me acompañáis en la apasionante aventura de hoy?

 

(Sigue leyendo)

Para entender bien esta historia, hay que remontarse a la época del Imperio Romano. En ese tiempo, se hablaba el latín, se escribía siempre en mayúsculas y aunque se trataba de una civilización avanzada, las ciudades eran más bien pequeñas y el resto del territorio se componía de aldeas. 

 

En este contexto, habéis de saber, queridos lectores, que una guerra civil, una batalla de clases, se libraba en el mundo latino, una contienda de la que ningún libro os ha hablado y que sin embargo ha trascendido mucho más de lo que nos podemos imaginar. Os hablo, ni más ni menos, que de la lucha que en el latín había entre vocales y consonantes (chán chán).

 

Las consonantes siempre han sido letras de segunda. Esto es una realidad, ya que no suenan por si mismas (a excepción de la y, pero esa es especial, viene de otro alfabeto), por lo que las vocales siempre las han mirado por encima del hombro. ¿Que ocurría en los albores del lenguaje? Había dos vocales rebeldes que se solidarizaban con las consonantes y de cuando en cuando dependían de otra vocal para funcionar. Una de ellas era la I. 

 

La I se sentía sola. Las consonantes la miraban con miedo y respeto porque era una letra superior y el resto de vocales (a excepción de V, que hacía lo mismo que ella) la despreciaban por hacer lo que hacía. La I lo intentaba duramente, intentaba ser buena, hacer caso de esa dualidad que su naturaleza permitía, pero era inútil. Y aunque la V la instaba a continuar con su lucha, porque juntas eran fuertes, porque no podían permitir la segregación letril, porque todas las letras debían ser iguales ante la ley, la I acabó cediendo a la presión social y dando la espalda a las consonantes. La V, sin embargo, siguió con su propósito y terminó integrándose en las filas de las consonantes, porque era una idealista y creía en las causas justas y perdidas. 

 

Claro que, ambas, I y V, tuvieron que dejar una parte de sí al dar la espalda a los otros bandos. La V dejó atrás a U, su parte vocal; la I dejó atrás a J, su parte consonante. Y así fue como surgió la letra J, que da titulo a nuestra entrada. Fíjaos como de chungas estarán las cosas en el mundo de las letras que, mientras que V y J pudieron adaptarse felizmente a su vida como consonante, las etilistas vocales jamás perdonaron el pasado relacionado con las consonantes de I y U y aún se las considera las vocales débiles. Las letras son muy rencorosas.

 

La fascinante historia de como surgió la J tiene una curiosidad de lo más interesante que no me resisto a contar, a modo de despedida. Hemos dicho antes que el latín escribía siempre en mayúscula, ¿verdad? Bien, imaginemos este nombre escrito en latín:

 

IVAN

 

Este nombre tiene dos posibles traducciones al castellano, debido a las dualidades vocal-consonante que hemos visto antes. Si la I se queda como vocal y la V como consonante, tenemos el bonito nombre de Iván. Si, por el contrario, decidimos que es la V la que va a hacer de vocal y la I de consonante, nos sale el no menos bonito (aunque mucho más común) nombre de Juan. Y esta es la razón por la que Iván y Juan son el mismo nombre.

 

Hasta aquí la entrada de hoy. ¡Os espero la semana que viene con la K!

 

Maravillas Palomino // @MaraPirate

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