La Tatoo-cabina

Largo puente por delante, ¡y nosotros venimos a aconsejaros un corto! Pero no creáis que esto no tiene un propósito....Necesitaréis varios días para recuperar el sentido y, ¿qué mejor que hacerlo con una música exquisita?

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La película es… “La cabina”, de Antonio Mercero

 

Films como “Buried” o “Ultima llamada” no son los primeros que explotaron la idea tan bellamente expuesta por Allan Poe sobre el hombre enclaustrado (Lee aquí “el entierro prematuro”). Sin embargo, ninguna de estas películas aborda, con la sutilidad del corto de Mercero, la claustrofobia y la desesperación que supone estar atrapado, por uno u otro motivo, en un espacio minúsculo, en un ataúd de madera o de cristales.

 

El germen de este corto de 40 minutos está en la idea para un posible sketch de humor que, tras obsesionar a Antonio Mercero, acabó por convertirse en una película angustiosa y epatante que queda guardada en la mente de todo aquel que la ve.

 

José Luís López Vázquez, protagonista del corto, supo plasmar con gran profesionalidad la confluencia de sentimientos con la expresión gestual. “La cabina” casi no incluye palabras, son solo las caras del intérprete las que transmiten la vergüenza, la desesperación, el miedo, la esperanza…

 

La mímica del actor cobra especial importancia en este proyecto, que se saldó con numerosos premios, entre los que se cuenta el Emmy al mejor telefilme. Demoledora historia con un final apoteósico no apto para claustrofóbicos.

 

El film, en el fondo, es una metáfora de la cárcel de cristal en la que nos atrapamos con nuestros miedos y debilidades. Allí vivimos ante la mirada atónita y las risas de otros y, cuando nos vienen a ayudar, nosotros mismos, a diferencia de López Vázquez, sujetamos con fuerza la puerta para evitar que la abran.

 

 

 

 

 

Y el disco es… Tatoo, de Rory Gallagher

 

Quien ame el blues-rock ama a Rory Gallagher. No hay más. El guitarrista es de lo mejor que legó la isla de Irlanda al mundo, un hombre sencillo que solo quería tocar, ser un grande. Lo fue a su manera, aunque los años que le tocaron vivir no fueron los más idóneos para la música que hacía.

 

Porque el blues estaba de capa caída (siempre ha estado así, pero el rock le comió mucho terreno); porque su rock tampoco era el genuino de la época, no era un Ritchie Balckmore ni un Jimmy Page; porque no era el monstruo más monstruoso encima de un escenario; porque su “uniforme de trabajo” eran unos vaqueros, una camisa de cuadros y su inseparable Fender; porque murió “joven”, a los 43 años por un problema con su hígado, maltratado por el alcohol, gran mal de la música; y, sobre todo, porque ha sido y es maestro de maestros como su paisano Gary Moore (fallecido hace dos años en un hotel de Estepona por un ataque al corazón) y el joven, pero no por ello menos virtuoso, Joe Bonamassa.

 

Su primer éxito comenzó con el trío Taste, con los que publicó dos discos que les hicieron llegar al Festival de la Isla de Wright en 1970, tras el cual se disolvió el grupo. En ese momento comenzó la carrera en solitario de un gran guitarrista, eclipsado siempre por la potente sombra de Hendrix y de otros artistas, más conocidos pero no siempre mejores.

Intentó mezclar sus raíces blueseras y rockeras con la música típica del sur de América, tierra a la que se sintió muy unido, aunque fuese irlandés. También el jazz era una de sus máximas influencias, ejerciendo un uso de la improvisación en directo casi nunca escuchado  antes. Demostró lo que Hendrix había demostrado unos pocos años antes: no es necesario entrar en una escuela de música para sentirla, para poder aprender a interpretarla. Rory aprendió por su cuenta, escuchando la música blues sintonizada por la radio desde América. Fue un virtuoso que aprendió de todos y de todo y, por ello, aun sus discos de peor calidad tienen una chispa que ya quisieran algunos.

 

Tatoo es el mejor Gallagher. Un músico experimentado que, a su vez, se siente como un niño con zapatos nuevos y comienza a jugar con la música  para crear 8 canciones inmortales. Desde el blues de Tatoo’d Lady a los acordes de Admit it, Rory nos transporta por los sonidos del blues estadounidense con canciones como A Million Miles Away, que nos pide perdernos en alguna carretera lejana, o el sonido más cañero de Cradle Rock. Un gran disco para conocer a un artista muy interesante.

 

 

Como dato que os preguntaréis, no tiene nada que ver con los hermanos Gallagher, fundadores de Oasis. Son solo artistas distintos que comparten un apellido, pero no se parecen ni en forma de ver la música ni en el talento. Pero a lo mejor el gen salta por apellido, no por sangre. Ojala eso fuera cierto, así no lamentaríamos la pérdida de este magnífico guitarrista, fallecido en el año 1995.

 

 

Daniel J. Rodriguez // @DanielJRguez

Carlos J. Rosique // @XarlyRosique

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