Un Ciclo con aroma de mujer

Cierra los ojos, siente el sonido fluir a tu alrededor, discrimina muy bien cada nota para luego separarla de tu mente y abstraerte de todo. No escuches nada, solo lee mis palabras y déjate llevar por una historia que necesita de todos sus sentidos.

 

Ahora... ahora tienes 32 años y no sabes muy bien cómo terminas en Soria dando clases de francés. Bueno sí lo sabes, sabes que has elegido un destino castellano por la trabajosa labor de las parcas. Esas que ponen sus ojos en tu vida y les apetece enredártela. Pero qué forma de enredarla más dulce tienen.

 

Tus pasos te han llevado junto a un nombre. Tus pasos te han llevado a tu gran historia, a la historia de Leonor.

 

Y tú querido lector, si has seguido este juego de imaginación, te has convertido durante unos breves instantes en Antonio Machado.

 

Pero... sigamos descubriendo esta historia, ¿estás seguro de que la conoces?

Machado llega a Soria tras conseguir la cátedra de francés. Allí se hospeda en una casa austera pero con un ingrediente agridulce: Leonor Izquierdo.

 

Esta joven contaba los 13 años de edad cuando de repente se le pone un hombre de 32 años delante. Éste no solo dominaba la poesía, sino que incluso hablaba el lenguaje del amor, el francés. Y cayó rendida.

 

Pero para nada estamos ante una historia idílica y llena de ingredientes aterciopelados. Si hoy día es raro que haya tanta diferencia de edad en una pareja, lo era un poco menos en plena España de principios de siglo. Los jóvenes tuvieron que esperarse dos años para contraer matrimonio, lo hicieron un 30 de julio de 1909. Pero la verdadera tragedia llamó a la pareja justo dos años después de la fecha señalada, Leonor caía gravemente enferma.

 

Este penoso suceso ha dado a la posterioridad los poemas denominados "El Ciclo de Leonor" incluídos en el libro Campos de Castilla de la edición de 1917 (había sacado una edición anterior en 1912). Este breve poemario insertado es el que hace la verdadera esquisitez de la colección completa. Antes, había poemas dedicados a Castilla, sus tierras y sus gentes; ahora, se lo dedica a una persona, a su joven amada, esa por la que tuvo que luchar para que las parcas se la dejaran unos años más.

 

He de decir que Antonio Machado nos enseña muchas cosas, tanto a través de sus escritos, que gracias a Dios nos ha legado, como a través de su biografía. Siempre intentó rodearse y conocer a buenas personas. Cuando estuvo en París, una de las primera veces, se codeó de muy buenos amigos. Uno de ellos es Rubén Darío quien será importantísimo para Machado. Tanto es así, que es gracias a que Darío le presta dinero que puede volver a Soria para estar al lado de Leonor cuando esta cae enferma, ya que se encontraba en una estancia parisina ampliando su formación.

 

El 1 de agosto de 1912 el alma de la niña, nunca mujer, abandona este mundo para estar en otro desde el que observa a un poeta desgarrado que abandona Soria para volver a su tierra natal, Baeza. La tristeza, la desesperación, el recuerdo ahoga al hombre que solo supo lo que era el amor durante tres años. Y es después cuando escribe en base a ella, en base a lo que fue y lo que sigue siendo para él. Machado habla de Leonor a través del paisaje en el que la conoció, sin ser capaz de nombrarla abiertamente en muchos de ellos, pero sabiendo todos que habla de ella, de su ella.

 

Aquí os dejo una selección de estos poemas. Los más hermosos que nos pueden acompañar en este día si conoces qué se esconde detrás de esas pinceladas castellanas.

 

 

Sonia Pérez Sánchez / @SoniaRIPEC

 

 

A UN OLMO SECO

 

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas en alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

 

 

 

UNA NOCHE…

 

Una noche de verano

—estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa—

la muerte en mi casa entró.

Se fue acercando a su lecho

—ni siquiera me miró—,

con unos dedos muy finos,

algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,

la muerte otra vez pasó

delante de mí. ¿Qué has hecho?

La muerte no respondió.

Mi niña quedó tranquila,

dolido mi corazón,

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!.

 

SOÑÉ

 

Soñé que tú me llevabas

por una blanca vereda,

en medio del campo verde,

hacia el azul de las sierras,

hacia los montes azules,

una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,

tu mano de compañera,

tu voz de niña en mi oído

como una campana nueva,

como una campana virgen

de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,

en sueños, tan verdaderas! ...

Vive, esperanza, ¡quién sabe

lo que se traga la tierra!.

 

 

ALLÁ, EN LAS TIERRAS ALTAS…

 

Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños...

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.

 

 

A José Mª Palacio

 

Palacio, buen amigo,

¿está la primavera

vistiendo ya las ramas de los chopos

del río y los caminos? En la estepa

del alto Duero, Primavera tarda,

¡pero es tan bella y dulce cuando

llega!...

¿Tienen los viejos olmos

algunas hojas nuevas?

Aún las acacias estarán desnudas

y nevados los montes de las sierras.

¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,

allá, en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas

entré las grises peñas,

y blancas margaritas

entre la fina hierba?

Por esos campanarios

ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes,

y mulas pardas en las sementeras,

y labriegos que siembran los tardíos

con las lluvias de abril. Ya las abejas

libarán del tomillo y el romero.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan

violetas?

Furtivos cazadores, los reclamos

de la perdiz bajo las capas luengas,

no faltarán. Palacio, buen amigo,

¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios

y las primeras rosas de las huertas,

en una tarde azul, sube al Espino,

al alto Espino donde está su tierra...

 

Caminos

 


De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza

Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.

Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos...
¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!

 

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