D de Destripador

Voy a subirme al carro de Halloween, la noche del terror y todas esas cosas a las que nos dedicamos esta semana todos los blogueros y blogueras. Pero no voy a contaros el estupendo origen de la fiesta, ni las maneras más originales de celebrarlo. Como ya habréis adivinado por el título de la entrada (que es de todo menos sutil), hoy vamos a hablar de un terror real, de alguien que proporcionó pesadillas a todo un país. Damas y caballeros, la entrada de hoy la dedicamos a Jack el Destripador.

 

(Sigue leyendo)

Os voy a pedir, lectores y lectoras de esta sección, que me permitáis esta licencia. Si queréis conocer la historia de Jack el Destripador, Wikipedia tiene una excelente entrada aquí. En lo que a este espacio se refiere, vamos a darle un poco de romanticismo. No es cierto lo que se va a contar aquí, es una fantasía. Pero en una historia como esta, en un mito como es el de Jack el Destripador... ¿Qué es lo que diferencia la fantasía de la realidad?

----------------------------------------------------------------------------------------

Sólo llevaba un año casada. Sólo un año, y él ya había dejado de acudir a su dormitorio. Ella, que lo había dejado todo por él. Ella, que había abandonado su casa, sus libros, sus estudios, sus ambiciones por él. Ella, que abrazó lo que más odiaba, que fue a esos bailes hipócritas, a lanzar falsas sonrisas y a mentir a unas amigas postizas. Ella, que dejó la luna del campo por las feas luces de la ciudad. Ella, viviendo en una mentira.

 

No se daba cuenta, ¿verdad? No se daba cuenta del daño que le hacía, de cuán doloroso era eso para ella, de cuán tamaño era el desgarro que sufría su corazón cada vez que lo imaginaba en brazos de otra, con el carmín de otra, entre las piernas de otra cualquiera, a la que cualquier otro habría tenido y que, por alguna razón que nunca comprendería, era mejor que ella. 

 

Pero eso iba a acabar. Porque ninguna de esas mujerzuelas de poca monta sabía con quién se estaba metiendo, de quién era el hombre con el que trataban, ni de qué era ella capaz. Y sí, era su hombre, suyo, suyo, suyo, suyo y de nadie más, y ninguna fulana tenía derecho a acogerlo entre sus piernas y darle un placer que solo debía darle ella. De modo que pagarían. De la única manera que sabía hacerselo pagar.

 

Las fulanas tenían un defecto. Un defecto mortal, y era que se arrimaban a cualquier ente masculino con pinta de tener dinero para pagar lo que fuera que quisiera hacer con su cuerpo. De modo que no fue nada díficil acercarse a la primera, con sus vestimentas masculinas, y matarla. Matarla. Abrirle la garganta. Matarla. Rasgar el pecho que él había besado. Matarla. Acuchillar allí donde él había estado. Matarla. 

 

Se había sentido tan maravillosamente bien... La venganza, cayendo suave y caliente de entre sus manos directa de las entrañas de esa mujer. Cómo agradeció sus estudios de anatomía, y sus maratonianas jornadas ayudando a su padre antes de que heredara el título. Todo había sido más fácil. Mucho más fácil.

 

Una semana más tarde, ansiosa y calmada a la vez, fue a buscar a la furcia a la que su marido hacía regalos. Había podido saber que incluso (¡incluso!) le había dado su chal de cachemira. Su chal de cachemira, ese tan precioso que su padre le había regalado tras la boda. Y cuando la vio en aquel sucio callejón, harapienta y sucia, con su pañuelo celeste, la fiebre se apoderó de ella. Y no supo como lo hizo, ni qué pasó. Sólo que sus expertas manos tomaron el control e hicieron lo que tenían que hacer. Tomaron su venganza, tomaron su pañuelo, lo sustituyeron por las tripas de la pobre infeliz y dejaron el resto de regalos para que la acompañaran al infierno. 

 

No sería hasta tres semanas más tarde que notara a su marido lo suficientemente calmado como para que saliera por la noche y le diera a ella misma la oportunidad de salir sin ser vista. Una noche infortunada, cierto. La zorra murió demasiado rápido, demasiado poco sufrimiento por culpa de ese viandante anónimo que suerte tuvo de no estar en su lista. De modo que decidió rematar la noche yendo a por la otra. Y esta sí, esta si que tuvo la decencia de morir como debía, con sufrimiento, con su hermosa cara desfigurada mostrando su corrupto interior y de nuevo con los intestinos a modo de chal. Porque le gustó el detalle, porque quizás se pusiera a la moda. Porque quizás, y ella no lo sabía, el chal rojo que le había desaparecido fuera ahora propiedad de esa chica. 

 

Un mes... Pasó un mes y por fin él se marchó, huyendo de su mirada foribunda, de ese odio que destilaban su palabras (que era el peor de todos, porque venía del más profundo amor). La dejó sola, dispuesta a vengarse de aquella que era su peor rival, la destinataria de sus suspiros y la propietaria del odiado carmín. Esa puta que se permitía recibirlo en su casa y acogerlo entre sus brazos. Esa, a la que había dejado el último lugar... Esa encontraría la muerte pronto.

 

Entró cual ángel vengador, esta vez sin máscara masculina que la camuflara, para que la zorra supiera quién la iba a matar y por qué iba a morir. De modo que la inmovilizó sin dificultad y atacó metódicamente. Rasgó, cortó, acuchilló, seccionó, arrancó, violó, mató. Mató, mató y mató. Se llevó su corazón y su riñón. Y la abandonó allí, tan destrozada como lo estaba su propio corazón. 

 

Hubo más asesinatos en Whitechapel. La prensa insistía en asociarlos al personaje que habían creado por y para ella, Jack el Destripador. Pero ella no había vuelto a matar. Una noche, cogió el riñón que aún guardaba, lo partió por la mitad y se lo envío a la policía. Junto a una carta enviada desde su infierno, que era esa casa que ya no era su casa, con un marido que ya no era su marido y con una vida que ya no era su vida. 

 

No le quedaba más salida que terminar su venganza. Que matar a las dos únicas personas verdaderamente culpables de su desgracia. Su marido... y ella misma. 

 

Con su muerte, Jack el Destripador sería un misterioso ente para el resto del mundo. No más que un mito.

 

Porque ¿quién pensaría que una mujer pudo llevar a cabo semejante atrocidad?

 

Maravillas Palomino // @MaraPirate

Escribir comentario

Comentarios: 0

Visualiza el número aquí

¡Descarga aquí nuestro noveno número!
¡Descarga aquí nuestro noveno número!