Casa de muñecas, de H. Ibsen

Las hojas de otoño caen detrás de los cristales mientras mi mirada se centra en un elemento decorativo de la habitación. Dos puertas enormes, vestidas de ventanas y musgo pintado, adornan la parte delantera de una casa de muñecas.

 

Si las abro, puedo ver minúsculos elementos que decoran su interior, como una cocina plagada de sartenes con un perro minúsculo,que pide comica o un comedor presidido por un gran piano donde su joven dueña intenta dar un pequeño concierto a su querida madre. De esta forma, habitación tras habitación, recorremos una casa claramente vinculada a otro siglo.

 

Volemos esta semana a otra casa de muñecas, la elaborada por Henrik Ibsen en su pieza teatral del siglo XIX.

 

 

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Para entender bien esta obra hay que tener un mínimo conocimiento de su contexto histórico. Fue escrita en 1880 y la sociedad de la época está reflejada en el argumento a través de las mujeres burguesas del siglo XIX.

 

Muchos han sido los críticos que han visto en esta obra una temática feminista que el propio autor negó en vida. Pero, ¿por qué esa visión tan controvertida a finales dei siglo? Porque muestra a la mujer como muñeca de su padre y como muñeca de su marido, tal y como sucede en una casa de muñecas: eran muñecas de trapo al servicio de la imagen masculina.

 

El argumento gira alrededor de una familia feliz que triunfa socialmente por el ascenso del marido en su puesto de trabajo. Pero esta familia esconde un secreto, o mejor dicho, Nora (la protagonista) esconde un secreto: pidió un préstamo falsificando la firma de su padre.

 

 

Yo voy a dejar caer algunas reflexiones. ¿Es delito falsificar una firma cuando el dinero iba destinado a mejorar la salud de su marido enfermo? ¿Es delito que una mujer lo haga o que una mujer no pueda pedir un préstamo sin la firma de su padre o de su marido? ¿Es delito que ella lo haga para hacerse valer por sí misma y para hacer ver que es capaz de tomar decisiones y cumplirlas?

 

Hay muchas otra posibles preguntas cuyas respuestas las encontraréis en la obra y en vuestras conclusiones posteriores.

 

Resulta una pieza de lo más interesante pues va describiendo el camino que sigue Nora para descubrirse así misma y para obtener una identidad propia. Identidad que antes de ese momento era la misma que la de las otras mujeres sujetas a ser muñecas de trapo, todas iguales y en manos de varones.

 

 

¿Aún no te ha picado la curiosidad y vas a ir corriendo a abrir las páginas de Casa de Muñecas? Pues querido lector, te dejo con un breve fragmento que hará que des el paso definitivo:

 

 

 

Nora-. ¿Qué consideras tú mis deberes sagrados?.

 

Helmer-. ¿Tengo para qué decírtelo?. Son tus deberes con tu marido y tus hijos.

 

Nora-. Tengo otros no menos sagrados.

 

Helmer-. No los tienes. ¿Cuáles son esos deberes?.

 

Nora-. Mis deberes conmigo misma.

 

Helmer-. Ante todo, eres esposa y madre.

 

Nora-. No creo ya en eso. Creo que, ante todo, soy un ser humano, igual que tú..., o, cuando menos, debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te dará la razón, Torvaldo, y que están impresas en los libros ideas tales. Pero ya no puedo pararme a pensar en lo que dicen los hombres ni en lo que se imprime en los libros. Es menester que por mí misma opine sobre el particular, y que procure darme cuenta de todo.

 

Fragmento del Acto III

 

 

 

Sonia Pérez Sánchez / @SoniaRIPEC

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